Cuando salir a correr es solo eso: salir a correr

Este artículo es reflexivo y en momentos es crítico con el tipo de corredor obsesivo. Es una pausa en la serie de consejos y explicaciones de los anteriores artículos.

Las webs van llenas de consejos de entramientos y de propuestas de mejora del rendimiento. Los fabricantes de artículos deportivos se vuelven locos tratando de lanzar las últimas novedades al mercado de ropa transpirable, de zapatillas con placa de carbono, de materiales más ligeros… Paralelamente, se recomiendan todo tipo de dietas, de suplementos, de geles para la competición, de recuperación, foam roller etc.

Todo ello con el doble fin de hacer negocio y de ayudar a los corredores a conseguir sus objetivos.

Hoy en día, todo corredor que se precie lleva en su muñeca un reloj GPS que le marca distancia, velocidad momentánea, por kilómetro, número de calorías consumidas, zonas de entrenamiento, tiempo de recuperación y muchas otras cosas más. Es sin duda un gran avance tecnológico y muy apreciado, no se puede negar.

El corredor con todo este arsenal material y medios de control, juntamente con la facilidad de acceso a planes de entrenamiento que puede encontrar en redes sociales, internet o revistas, se lanza a realizar unos entrenamientos que son siempre generalistas y que en consecuencia no están no pueden estar individualizados. Todo esto puede proporcionar una falsa seguridad de que si sigue todos estos consejos puede conseguir el objetivo que se haya marcado: bajar de 60 minutos en 10 K, de 3h en maratón, de 1:24 en media, el que sea en cada caso.

En ocasiones, los entrenamientos elegidos están sobredimensionados para las posibilidades del corredor y si se pueden seguir van añadiendo stress al corredor.  En otras ocasiones, es el propio corredor que tiene días mejores o peores. Todos sabemos que no es lo mismo entrenar un día en que todo nos ha salido bien, que un día en el que todo han sido problemas o simplemente que nos hemos pasado todo el día sentado o conduciendo. Sin embargo, el plan está allí, no se ha movido ni un metro, ni un segundo. Hoy toca rodar una hora a 4:30.

Esta hora a 4:30 de rodaje continuo puede ser un paseo el día que estamos eufóricos o una tortura interminable el día en que todo sale mal. A todo lo anterior, se le añade la presión de Strava o redes sociales o compañeros que presionan para que “no te rindas”. No puedo defraudar a mis seguidores, ni a mí mismo y tengo que cumplir con las expectativas. Esto por no hablar de la falsa vanidad de “ir a saco” en todo entrenamiento o por encima del ritmo marcado en el mismo (curiosamente, nunca por debajo).  No puedo ir más lento y tengo que cumplir con el reto al que me he apuntado, no puedo fallar.

Todo esto puede añadir otro punto de stress adicional a lo que tendría que ser una actividad lúdico-deportiva en la que a través del esfuerzo y la dedicación nos lo pasemos bien. Pero no, todavía tenemos más presión encima que va añadiendo tensión y sobreentrenamiento, más allá de los procesos de adaptación que desarrolla el organismo.

Lo anterior, a algunos le puede parecer una exageración y seguramente lo sea en muchos casos, pero también es totalmente cierto que hay otros corredores obsesionados con ello.

Pues bien, a veces, cuando nos encontramos que salir a entrenar es una obligación, es bueno volver a los orígenes y a la esencia. Salir a correr para disfrutar, no llevar reloj, y si lo llevo no mirarlo en absoluto o hacerlo a final del rodaje.

Disfrutar del paisaje, de la zancada, de cada paso que damos. Concentrarnos en los pies, en los cuádriceps, en la flexión de cadera, en la relajación de hombros, en la respiración…. Me da lo mismo el ritmo, puedo disfrutar corriendo rápido o terriblemente lento, me da lo mismo el tiempo o la distancia. Hoy no tengo crono y solo un objetivo: reencontrarme conmigo mismo y liberarme de la obligación de correr a un ritmo o de realizar unos kilómetros en concreto. Algunos lo podrían denominar meditación corriendo.

En definitiva, necesito un reset del entrenamiento que me libere de esa tensión acumulada que puedo ir adquiriendo en el seguimiento de un plan. Si un día no entreno, o salgo a disfrutar, no pasa nada, absolutamente nada, salvo que a lo mejor me vuelvo a encontrar con el placer de correr.

Esto es algo, que todos deberíamos probar de vez en cuando si nos auto entrenamos, porque es muy probable que lo necesitemos si nos encontramos agobiados.

Como punto final, merece especial relevancia aquellos corredores que vuelven a la actividad después de largos periodos sin correr. Es demasiado común ver corredores que el primer día vuelven con rodajes de media hora o más y encima forzando. Todos, sin excepción, sufren de forma extraordinaria con esta vuelta. No contentos con ello, se autoconvencen de que esta es la forma de volver y esta vuelta se convierte en todo menos placentera. Es como el corredor tuviera que pagar sus pecados de inactividad en un solo día. Ese día al acabar le duelen hasta las pestañas.

Pues bien, especialmente en este caso, la vuelta a la actividad ha de ser totalmente placentera. Se tiene que disfrutar con cada paso. Da lo mismo si el ritmo es dos o tres minutos por kilómetro inferior al que se corría con anterioridad al parón. Ahora no soy el mismo corredor que era. Probablemente lo vuelva a ser, e incluso pueda conseguir mejores registros, pero para ello, tengo que conseguir una base física sólida, sin grietas y con continuidad. Y esto último solo se consigue con paciencia y volviendo de forma que al final de cada entrenamiento este deseando que llegue el próximo. Para esto, tengo que acabar sobrado al acabar cada salida. El objetivo no es el ritmo ni la distancia. El objetivo es pasármelo bien, volver a encontrarme y acabar sabiendo que podría haber hecho más. Poco a poco iremos incrementando de forma natural volumen e intensidad de entrenamiento sin apenas darnos cuenta. No debo tener prisa. Todo lo que no sea así, probablemente no ayude y nos ponga en riesgo de una potencial lesión.

A veces salir a correr es solo eso: salir a correr.

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